Más allá del sonoro desacuerdo del centenar y poco de jefes de estados y gobierno de países adscritos a la Naciones Unidas, el documento de mínimos que pretende “salvar la cara” de éstos, no es un fracaso sino un cobarde aplazamiento de un colectivo al frente de los asuntos mundiales incapaz de dar la talla ante la verdadera crisis global del mundo.
La vergonzosa desorganización que ha reinado en Copenhague tuvo en los encuentros previos de Poznan y Barcelona los primeros pulsos que hacía vislumbrar el decepcionante resultado del viernes, día 18.
Y las posturas supuestamente mejoradas de China y Estados Unidos no eran más que espejismos que quisieron ver los más optimistas y los ilusos. Mientras la mayoría se centró en el tema económico, principal causa por cual la mayoría de Estados de la UE lanzaron su oferta de aportación compensatoria, no se escuchó ni una auto-crítica ni individual ni colectiva de aquellos más contaminantes y menos solidarios. Ni se habló del verdadero origen de esta situación medioambiental crítica. Encima, las ONGs y representaciones cívicas en su casi totalidad acabaron excluidos de los últimos debates que dieron luz al decepcionante documento final.
En mi trayectoria profesional en este terreno de la consultoría medioambiental, he ido constatando que el recorrido hasta la Cumbre de Copenhague ha estado marcado por zancadillas descaradas por parte de intereses creados con posturas más enconadas. Por un lado los potentes lobbies económicos y por el otro los grupos activistas más radicales, cada cual ha manejado datos y comunicaciones para beneficiar sus posturas encontradas. Pocos han sido los que se han centrado en la realidad del problema – la lamentable calidad de vida de millones de seres humanos en los continentes menos favorecidos.
Unos y otros han contribuido a confundir a la sociedad internacional con sus permanentes descalificaciones y manipulaciones. Ha prevalecido la táctica de la confusión en lugar de la estrategia de la clarificación hacia el consenso.
Leí un comentario que consideraba a Obama como el vencedor, al haber logrado pactar un acuerdo de mínimos con China, India y Brasil, a la cual finalmente se sumaron el resto excepto cinco países. Considero esa conclusión errónea.
No ha habido un vencedor pero si un claro perdedor – la humanidad en su conjunto.
No sólo se han pinchado las burbujas financieras e inmobiliaria sino que acabamos de pinchar el balón de oxígeno que nos tenía que dar vida en el próximo siglo.
Aún están los líderes a tiempo de rectificar su cobardía al no afrontar sus responsabilidades con determinación.
¿Será que se nos brinda a España tomar el testigo para reorientar los planteamientos durante el semestre de presidencia de la Unión Europea?
El reloj sigue su tic-tac y el tiempo pasado jamás retorna. A ver si tenemos visión para enderezar este entuerto.
Fernando Fuster-Fabra Fdz.
Consultor ante la Agencia Europea del Medioambiente
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